CEADHROICH

 

 

“Podrán torturar mi cuerpo, romper mis huesos e incluso matarme.

Así, obtendrán mi cadaver. No mi obediencia.” 

Gandhi, La película

 

1.

 

 

Se levantó tambaleándose en la arena mojada. Escupiendo agua y sal. Sin saber si el aire que intentaba desesperadamente inspirar llegaría a sus pulmones. Se dobló sobre sí mismo para vomitar, pero apenas consiguió expulsar otra cosa que un hilo de saliva mezclada con agua marina. Permaneció así un buen rato, esperando a que la debilidad pasara y maldiciendo a los Tres, al Supremo, a U´nigh y a cualquiera de los demás dioses de los que alguna vez había oído hablar. Odiando con cada fibra de su ser al mar, las tormentas y sobre todo a los malditos barcos.

Empezaron a sobrevenirle escalofríos. El sol seguía oculto tras una capa de nubes de color gris pizarra sobre unas escarpadas colinas hacia el oeste y él estaba empapado de la cabeza a los pies. Se volvió hacia el océano, que seguía agitado y enfurecido. Mar adentro caía una cortina de agua, descargada desde un cielo prácticamente negro.

―De todos los lugares del mundo, he tenido que naufragar frente a estas costas ―murmuró el hombre entre dientes―. Cualquiera diría que los dioses quieren joderme hasta que al fin crea en ellos.

Empezó a caminar playa arriba, donde se veían más restos del Gloria de Esachal, la galera que hasta hacía apenas una hora lo llevaba en dirección a Eltar. Habían estado siguiendo la línea de la costa y luego las islas Filoriente. El cielo había sido, como durante estos últimos días, un prístino lienzo azul con un disco de oro que se movía a través de él. Sin embargo, los plácidos y soleados días de principio de verano podían ser traicioneros. La tormenta se formó con una rapidez pasmosa y los encontró atravesando las últimas islas Filoriente. La inexperiencia y la borrachera del capitán hicieron el resto. Insistió en seguir navegando entre las escarpadas islas y traicioneros bajíos, creyendo que llegarían a la costa que se divisaba al norte antes de que la tormenta estallara con toda su furia.

Se equivocó.

El superviviente fue esquivando, con pasos que cada vez se volvían más firmes, todo lo que el mar iba escupiendo con descorazonadora indiferencia. Vio barriles, un trozo de la quilla, algunas de las sedas varagi que la tripulación había soñado con vender a buen precio, fardos de lona que envolvían otras mercaderías y cadáveres. Este era el segundo naufragio que veía en su vida, el primero había sido durante la guerra en Tarkesia, pero no se le olvidaban aquellos cadáveres abotargados e hinchados sobre la arena. Claro que este naufragio era tan reciente, que los cadáveres aún tenían una inquietante apariencia de vida. Vio al contramaestre, un huraño hombre de Amiarel, tendido boca abajo en la arena. Más allá las olas golpeaban rítmicamente los pies de Turol, el enorme marino que se jactaba de tener sangre fynnaria corriendo por sus venas. Al ver la gran brecha que le hendía la cabeza, el superviviente pensó vagamente que su sangre le parecía tan roja y común como la de cualquiera.

El sol volvió a salir por entre las nubes mientras un trueno lejano retumbaba sobre el océano. El hombre sonrió con amargura mientras observaba el pesado anillo de oro que descansaba en el dedo corazón de su mano derecha. La esmeralda engastada en el metal, cortada en forma de óvalo, le pareció un ojo burlón que le devolvía la mirada.

―Las hijas de Moradh son como las tormentas de verano ―canturreó con los verdes ojos perdidos en ensoñaciones―. Su furia aparece sin heraldos que la anuncien y antes de que te des cuenta te han hundido.

Calló cuando le pareció ver movimiento más adelante. Se acercó para descubrir el cuerpo de Ordeth boca abajo en la arena, medio cubierto por un montón de algas. El muchacho, de unos veinte años no se movía. Cuando se detuvo a su lado una gaviota salió volando tras las algas, con un chillido que sonó tan humano que le puso la piel de gallina. El superviviente suspiró. Ordeth era el heredero de la casa Rivatar. Su padre, el hombre que durante este tiempo lo había acogido y empleado, se llevaría un duro golpe al enterarse de su muerte. A pesar de sus errores, el chico no se merecía acabar así ni que las aves y los cangrejos acabasen con sus restos. Se merecía un entierro digno.

Sin embargo, él no se lo daría.

Reanudó su camino siguiendo la playa. Sabía muy bien que cuanto más tiempo estuviera aquí, más peligro corría.

―Va… elmir.

Se volvió, sólo para ver a Ordeth extender débilmente un brazo en su dirección. Corrió junto a él y le dio la vuelta. Sus ojos brillaban y tenía la tez pálida.

―Eres un cabrón afortunado, muchacho. Vas a salir de esta.

―Me duele… el pecho.

―¿Puedes caminar?

El joven intentó hablar, pero acabó por negar con la cabeza. Vaelmir analizó las opciones de las que disponía. Cargar con el muchacho sería un suplicio y necesitaría encontrarle ayuda, si es que quería darle una oportunidad de sobrevivir. Eso reduciría muchísimo sus propias posibilidades de salir con vida de estas tierras.

―Te conozco ―dijo el muchacho con resignación tras toser dolorosamente durante unos segundos―. Sé dónde… estamos. Lo que te harán si te cogen. Vas a abandonarme, ¿verdad?

―No me conoces una mierda ―le aseguró mientras empezaba a incorporarlo―. Te llevare a algún poblado y me iré antes de que alguien me reconozca. Seguro que, si pronuncias tu apellido, todos se dejarán el culo para lograr que sobrevivas y que tu padre se lo pueda agradecer personalmente. Al fin y al cabo, aquí en el Dominio de Moradh les gusta tanto el brillo del oro como a la gente de tus islas.

El chico solo emitió un extraño sonido como respuesta. No fue hasta que se lo hubo cargado a la espalda y empezado a caminar que pudo identificarlo: sollozaba con alivio y alegría.

Cargar con el muchacho por la playa fue un suplicio. El joven era más alto y corpulento que él, a pesar de que Vaelmir era más de diez años mayor que él. Eso no era sorprendente. Vaelmir era bajo entre su gente, los norvadoreanos, y no especialmente corpulento. A pesar de todo era duro como las rocas que se veían al final de la playa. Más duro de lo que nadie acertaba a imaginar, pero su desesperada lucha contra el mar para seguir respirando lo había dejado agotado. Se adentró en la arena, dirigiéndose a las colinas. La brisa traía consigo un olor tenue, pero inconfundible: el de alguna letrina. Y donde había desechos había humanidad cerca.

―El mástil… vi cómo te cayó encima cuando se partió ―murmuró Ordeth a su espalda con voz pastosa.

―¿De veras? No me di cuenta. Debía de ser un mástil muy pequeño.

―Vi una luz verde que te envolvía. Mi padre… dice que estás protegido. Que los sherim te cuidan, porque si no ya deberías estar muerto.

Vaelmir rio, aún a su pesar. Era la tontería más grande que había oído sobre sí mismo, y había oído muchas. Los eltarios eran un pueblo pragmático como ninguno, pero su fanática devoción por los sherim y los mensajeros de los dioses era tan ridícula como la de cualquier ignorante campesino de Norvador.

―Claro, chico. ¿No es evidente que me están protegiendo? Algún sherim imbécil, sádico y ciego se ocupa de mí.

―Estás vivo, ¿no?

―Así es ―suspiró Vaelmir, sin ninguna alegría en la voz.

―La he jodido, ¿verdad? ―sollozó el chico.

―Ordeth… sí, lo has hecho. Debiste haceme caso cuando te dije que nos guareciéramos de la tormenta lejos de las Filoriente.

―Shezarel me guarde… Mabbin, Turol, Agar el Bronco… Todos muertos.

El chico siguió sollozando y Vaelmir guardó silencio mientras avanzaba tambaleándose bajo el peso del muchacho. Aunque no quiso ofrecerle palabras de ánimo, comprendía muy bien por lo que estaba pasando. Él también la había jodido y muchos habían muerto por su culpa, tiempo atrás. Tantos que en comparación los treinta y ocho que iban a bordo del Gloria de Esachal eran como una gota de agua en el vasto océano.

Siguió caminando, quitándose esos pensamientos de la cabeza. Ahorrando energías. Sólo debía concentrarse, como siempre, en sobrevivir. Había perdido una de las botas durante el naufragio y lo acusó ahora, cuando empezó a andar por terreno más duro e inclinado. Se le clavaron guijarros y plantas espinosas en el pie y al poco tiempo ya sangraba por algún corte que ni siquiera había notado. En un momento dado hubo de detenerse y depositar al chico sobre una roca. Se sentía agotado y, a medida que la tarde avanzaba, tenía más frío. Durante ese breve descanso Ordeth parecía dormitar. Al tantearlo, buscando heridas, el chico gimió de dolor. Debía de tener algunas costillas rotas y quien sabía qué más. Lo cierto es que tenía fiebre y su palidez se acentuaba. Tras cinco minutos de descanso, Vaelmir volvió a cargarlo.

Cuando vio el santuario, ya anochecía. Era el típico edificio con planta en forma de «T», como todos los templos de la iglesia de los Tres. Sin embargo, este estaba hecho de adobe y el tejado no era más que vigas de madera y paja. Era un templo modesto en una zona pobre de un país que nunca había favorecido a la Iglesia. Vaelmir sabía que, si había un santuario, eso quería decir que cerca había un poblado. A diferencia de los reinos norteños, en Moradhair no se permitía la construcción de templos dentro de las zonas habitadas, sino en las cercanías. Los clanes seguían desconfiando de la Iglesia y se resistían a abandonar sus viejos cultos. Eso, en estos momentos, le venía muy bien.

―Estás de suerte, chico.

El enfermo gimió por toda respuesta. Vaelmir se apresuró a recorrer la distancia hasta el santuario. Cuando llegó junto al templo, no vio ni una señal de vida en el lugar, pero entonces se percató de que en la parte trasera había un par de casuchas de las que salía humo. Se acercó hasta una distancia prudencial y dejó a Ordeth en el suelo, con la espalda apoyada en la pared del santuario.

―Es todo lo que puedo hacer por ti ―le dijo, aunque dudaba que el joven estuviese entendiendo lo que le decía―. Me alejaré un poco y llamaré su atención para que te vean. Si sobrevivimos…, nos veremos en Caleysar, tomando uno de los vinos de tu padre.

Le palmeó el hombro, indeciso, y se marchó, caminando otra vez hacia las colinas.

―¡Alto! ¿Quién va? ―preguntó una voz a su espalda.

Cuando se giró vio a un sacerdote, de pelo rasurado y túnica blanca, mirándolo alternativamente a él y a Ordeth. Vaelmir maldijo en voz baja y se acercó.

―Sacerdote, buscaba vuestra ayuda para mi capitán ―dijo señalando hacia Ordeth―. Naufragamos en las costas al sureste de aquí.

―¡Por la gracia de Shezarel! ¿Un naufragio? Debemos avisar al pueblo y a los hombres de…

―Es inútil ―negó Vaelmir con fingido pesar―. Él y yo somos los únicos supervivientes. El navío quedó embarrancado en las Filoriente, así que no habrá llegado nada de valor a la costa. Tuve que nadar cargándolo a él desde esas islas malditas.

―¡Gracias al buen Aramtael! Entonces estarás agotado. Tienes razón, eso puede esperar. Lo importante es cobijaros y que os repongáis. Llamaré a los demás.

Los demás resultaron ser dos jovencísimos novicios y un sirviente corto de entendederas que se ocupaba de las tareas más físicas y de los huertos que mantenían colina abajo. Entre todos trasladaron a Ordeth a una de las casuchas, junto a Vaelmir. Los atendieron, los secaron encendiendo el fuego del hogar y los alimentaron. A Ordeth le aplicaron paños húmedos y las oraciones del sacerdote, pidiendo por su recuperación. Vaelmir lo observaba, escondiendo el desdén que sentía. Nunca había visto que nadie sanara gracias a oraciones y rezos, pero no sería educado decirlo en la casa de su anfitrión. Dispusieron mantas y pieles en el suelo de una de las casas y a Ordeth lo dejaron descansar en el lecho del sacerdote. El religioso decidió dormir a los pies de la cama para velar por él. Vaelmir se tumbó cerca, frente a la puerta. Necesitaba recuperar sus fuerzas y saber que Ordeth se recuperaría, pero no pensaba quedarse para cuando el sacerdote decidiera que era hora de avisar al poblado de su presencia aquí.

―Buenas noches… No me has dicho tu nombre, extranjero ―se interesó el religioso cuando ya se metían en sus lechos.

―Ilgram ―murmuró Vaelmir con una sonrisa torcida―. Marino de Norvador.

―No suele haber muchos marinos de tu país lejos del agua dulce.

―Decidí ver mundo tras sobrevivir a la Plaga y perder a algunos de mis familiares. Creí que era un buen momento para ver mundo y hacer fortuna.

―Sobrevivir a la terrible enfermedad debería hacernos estar agradecidos a los Tres por nuestra suerte.

―Oh, ya lo creo que lo estoy ―aseguró Vaelmir―. Aunque temo que este naufragio me advierte de que se me agota la suerte y quizá deba volver a mi hogar para cambiar el remo por la azada. ¿No lo creéis así, sacerdote?

―¿Quién puede conocer los designios de los dioses? Quizá te hicieron naufragar en estas costas para ofrecerte algo mejor.

―Lo dudo ―murmuró Vaelmir en voz baja―. No quiero ser descortés, sacerdote, pero estoy agotado después de las penurias que he pasado hoy y desearía descansar. Os agradezco vuestra hospitalidad.

El sacerdote le dio la razón y la conversación acabó. Vaelmir se tumbó en el lecho y cerró los ojos. No fue consciente de haberse dormido ni de estar soñando, pero soñó. Y recordó.

 

Se vio a sí mismo andando por las verdes altiplanicies rodeadas de altos picos de Varagor. Era de noche y la hierba se mecía al ritmo del viento, como si un centenar de bestias se moviesen entre los tallos. En el cielo, una enorme luna llena de color carmesí aparecía y desaparecía entre la oscuridad de las nubes. Esas noches eran llamadas las Noches de Sangre por los habitantes de aquella región… y el nombre no se debía sólo al inusual color y aspecto del astro. Un rugido prolongado y profundo se escuchó a la derecha. La mano se le crispó sobre la empuñadura de la espada cuando vio a la bestia que lo profería. Unos ojos sobrenaturalmente verdes quedaban casi a la altura de los suyos, muy por encima de la hierba. Su cuerpo era de pelaje rojizo rayado de ocre y tenía dos colas que se habían quedado erguidas y en tensión. Al verlo supo que iba a morir, pues los tigres sangrientos eran los predadores perfectos y mejores asesinos que cualquier hombre. Durante las Noches de Sangre, además, se veían afectados por un frenesí y una agresividad tal, que hacía que todos los habitantes de aquella tierra se encerrasen en sus hogares y rezasen a sus dioses. Todos menos el arrogante y temerario Vaelmir de Aldremhem. Y, sin embargo, sobrevivió a esa aciaga noche.

Después se vio fallar una estocada y como era herido en un brazo, pero no por el tigre sino por Suridh, el hombre de moradhair que lo había engañado. A él y a los suyos. Ahora estaba en el lujoso salón de una casa señorial moradheana, luchando contra aquel hombre que lo igualaba en agilidad y lo superaba en fuerza. Sin embargo, tras una finta consiguió hundirle una de sus espadas en el vientre, a pesar de su herida y de la habilidad de su rival. Suridh se derrumbó en el suelo con una expresión de incredulidad en su rostro. Contra todo pronóstico, había vuelto a sobrevivir a una muerte casi segura.

―Da igual. Tú ya estás muerto ―le había dicho Suridh con una risa estertórea―. El ard´ain te mandará descuartizar cuando sepa lo que has hecho. Esto sólo te hará parecer más culpable.

Vaelmir se vio a sí mismo sacar un largo y afilado cuchillo antes de acercarse al moribundo con expresión torva.

―Quizá sea así, pero tú ya no estarás aquí para enterarte. Y créeme, antes de irte al infierno me lo vas a contar todo. Quién lo organizó, cómo os enterasteis de dónde se firmaba el tratado y por qué me inculpasteis. Con una herida así estarás desangrándote al menos una hora antes de morir. Haré que sea la hora más larga y dolorosa de tu vida.

Su sueño se llenó de los gritos agónicos de Suridh. Luego se vio a sí mismo limpiarse la sangre de las manos, con la frente perlada de sudor y el rostro pálido. Suridh yacía en el suelo, muerto y con las horribles secuelas de la tortura visibles en su carne. De improviso abrió los ojos, sin ningún tipo de vida visible en ellos, y lo señaló con un dedo sin la mitad de la falange.

―Vaelmir ―dijo con voz muerta―. Vaelmir de Aldremhem. No me dejes aquí. No me dejes morir.

Él lo miró horrorizado. Se vio huyendo de la que había sido la mansión de Suridh, sin volver la vista atrás, mientras escuchaba los gritos del muerto. Cuando salió de la mansión, a las afueras de Ard Vanan, un sol cegador le golpeó el rostro. La lejana vista de las construcciones de piedra y madera de la ciudad casi le hicieron llorar. Dioses, como había amado a esa ciudad y a sus gentes.

 

Vaelmir se despertó en su lecho, bizqueando a causa del sol que entraba por uno de los ventanucos de la casa del sacerdote. Tardó unos segundos en comprender dónde y en qué momento estaba. Al hacerlo, se levantó de un salto. No tenía pensado dormir hasta tan tarde. Debía de estar muy cansado para haber bajado la guardia y soñar con cosas que había procurado desterrar de sus recuerdos.

No había ni rastro del sacerdote, pero Ordeth seguía en el lecho, durmiendo. Se acercó a él y lo observó en silencio. El muchacho sudaba por la fiebre, pero parecía tener mejor color que el día anterior.

―Eres fuerte. Sobrevivirás y con suerte aprenderás de tus errores ―le dijo con tristeza―. Aprovecha tu segunda oportunidad, muchacho.

Se alejó de él, buscando sus ropas. La noche anterior las habían colocado junto al hogar, para que se secaran, y había dormido solo con los calzones puestos, pero ahora no se las veía por ninguna parte. Maldijo en voz baja al percatarse de que sus bienes más preciados, su manto de viaje y los cuchillos de mango de hueso que había dejado junto a la ropa, habían desaparecido. Mientras los buscaba, la puerta de la cabaña se abrió repentinamente.

―Veo que ya estás levantado, Ilgros ―saludó el sacerdote mientras entraba.

Dos hombres más lo siguieron dentro. Uno era el sirviente que ya había conocido ayer, pero al otro no lo había visto nunca. Era un moradheano de mediana edad, alto y voluminoso. Tenía brazos fuertes y una barriga prominente. A pesar de lo soleado de los días, tanto él como el sirviente llevaban puestas capas de las que se usan para el mal tiempo. Vaelmir suspiró, contrariado, antes de sonreírles.

―La verdad es que, y no os ofendáis, sacerdote, ya me aburría de vuestra hospitalidad. Estaba a punto de irme para no causaros más molestias. Y, como dije, mi nombre es Ilgram.

«Aunque dudo que eso os haga cambiar de opinión, ¿verdad?» pensó mientras los dos hombres se le acercaban con aire casual, uno por cada lado de la mesa de madera en la que había cenado ayer mismo.

―No eres ninguna molestia, Ilgram. Nichtad ―dijo señalando al recién llegado― llegó del pueblo con las primeras luces y le pedí que nos ayudase a llevar a tu capitán hasta allí, donde le podrán atender mejor.

―Ven tú también ―sugirió Nichtad con una voz que intentaba, sin éxito, ser afable―. El bead´thain querrá oír tu historia acerca del naufragio y proporcionarte su hospitalidad hasta que el chico sane. Nadie puede decir que los sidhain no seamos un clan hospitalario.

―Como dije, me temo que ya es hora de que parta hacia el norte ―dijo mirando el cuenco de cerámica con dos manzanas ennegrecidas que estaba sobre la mesa―. Si os preocupan los gastos que os ocasione el joven Ordeth, su padre…

No le dejaron acabar la frase. Con un grito, Nichtad sacó una porra de madera oculta por su capa y se abalanzó sobre él. Vaelmir rodó con agilidad por encima de la mesa, cogiendo el cuenco de cerámica, y aterrizó del otro lado. El sacerdote se pegó a una de las paredes, asustado al verlo de repente junto a él. El sirviente del santuario se acercó con precaución por un extremo de la mesa, pero Nichtad la apartó de un manotazo.

―No te equivocabas, sacerdote. Este hijo de puta es Vaelmir de Aldremhem.

Se abalanzó sobre él otra vez, blandiendo la porra. Tan rápido que a Vaelmir no le dio tiempo siquiera a preguntarse cómo demonios lo habían descubierto. Se apartó con agilidad para esquivar su embestida y luego rompió el cuenco de cerámica en la sien del corpulento moradheano. El hombre se tambaleó y Vaelmir lo ayudó a desplomarse dándole un rodillazo en la ingle. Se movió a la derecha intuyendo el golpe que le lanzaba el otro hombre, a su espalda, pero sólo lo consiguió a medias. La madera le golpeó el hombro, arrancándole un grito de dolor. Cuando la porra se levantaba lista para descender otra vez, pateó con fuerza el tobillo sobre el que su atacante apoyaba el peso del cuerpo. El pie se torció con un crujido espantoso y el hombre aulló de dolor mientras caía al suelo, desequilibrado. Vaelmir saltó sobre él y buscó la porra, pero sus dedos tropezaron con un afilado trozo de cerámica del cuenco roto. Lo levantó para hundírselo en el cuello, pero la mirada asustada del sirviente lo hizo dudar. Su mano quedó suspendida en el aire, aferrando las afiladas aristas del fragmento de cerámica.

«Él sólo intenta ayudar a arrestar a un criminal. Al que intrigó para iniciar una guerra en la que murieron millares. Quizá algunos eran familiares suyos. ¿Lo matarás por eso? ¿En esto te has convertido?».

Cuando bajaba la mano y se incorporaba vio al sacerdote acercarse.

―Si prometéis dejarme ir, no os causaré más…

Vaelmir calló al ser golpeado de improviso en la frente por el religioso con una de las porras. El hecho de que un sacerdote usase la violencia, algo estrictamente prohibido en sus votos, lo tomó tan por sorpresa que no fue capaz de reaccionar. Cayó de rodillas, aturdido, y cuando intentó incorporarse la madera volvió a golpearlo con fuerza en la cabeza. Mientras el mundo se oscurecía solo oía la plegaria que salía de los labios del sacerdote.

―Qué los Tres me perdonen.

 

 

2.

 

 

Despertó una vez más cuando le derramaron un cubo de agua por encima. No estaba seguro de si era la tercera o cuarta vez que perdía el conocimiento. Abrió unos ojos hinchados, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. El cuerpo le dolía de la cabeza a los pies. Tal y como decían los sabios carmesíes varagis con los que había tenido el honor de tratar durante estos dos últimos años, uno nunca se acostumbraba al dolor. Como mucho podía aspirar a ignorarlo momentáneamente, sin dejar que se apoderase de tu ser. Eliminarlo del todo era imposible porque ser humano significaba sufrir. Esa fue una lección que comprendió sin esfuerzo alguno.

Frente a él estaba Nichtad, con una herida a medio curar en la sien, y tras él otro moradheano, que en contraste era delgado y bajo. Tenía un rostro anodino y una mirada triste que contrastaba con los ojos rebosantes de energía y odio de su compañero. Se llamaba Udclain. Aunque no pegaba tan fuerte como Nichtad, sí lo hacía más de lo que su físico sugería en un primer instante. Sin embargo, la mayor parte de los golpes se los había proporcionado el hombre corpulento que había acudido a la cabaña del sacerdote.

Seguía sujeto por grilletes en brazos y piernas. Las cadenas que lo aprisionaban bajaban de una argolla del techo. Tenía ambos brazos levantados y separados, al igual que las piernas, en forma de aspa. Habían dejado las cadenas casi tirantes, lo que apenas si le permitía moverse y hacía que empezaran a sobrevenirle dolorosos calambres. Bajo la tenue luz de las antorchas no veía mucho del lugar donde se encontraba. Sin embargo, todas las salas de tortura se parecían. Las mesas y aparadores llenas de cuchillos, ganchos, pinzas y puas se intuían, más que verse, en la penumbra. El olor, la humedad y la oscuridad le decían que debía de estar en algún sótano.

Tras unos instantes empezó a reír quedamente, escupiendo agua, sangre y saliva en dirección a Nichtad.

―¿Ya os habéis relajado lo suficiente como para charlar? ¿O necesitáis seguir pegándome un poco más antes de que empiece la parte de las preguntas?

―No hay preguntas, asesino ―replicó Nichtad, cruzando sus fornidos brazos sobre el pecho―. Sabemos que eres Vaelmir de Aldremhem, por mucho que intentes negarlo.

―No pensaba negarlo. Cuando un hombre apalea a otro y se mancha con su sangre, es que hay una cierta intimidad entre ellos, ¿no creéis? Yo ya me siento más unido a vosotros, así que no me importa confirmar que mi nombre es…

Un tremendo puñetazo de Nichtad le giró el rostro violentamente. Vaelmir escupió más sangre y se tanteó las muelas con la lengua. Una de ellas se movía.

―Eres un cabrón sin mucho sentido del humor ―le dijo esbozando una sonrisa ensangrentada―. ¿Qué tienes, cincuenta? Demasiado viejo para ser un torturador. ¿No deberías estar cuidando cerdos para algún señor, Nichtad?

―Quizás. Y mi hijo debería estar viviendo su vida, pero murió en los Llanos de Eralian por culpa de…

―¡Nichtad! ―interrumpió el hasta ahora silencioso Udclain―. No le digas nada. Ya conoces lo traicionera y manipuladora que es la Serpiente de Norvador.

―Pronto será una serpiente muerta.

―¿Queréis saber algo gracioso? Tanto en Isgarad como aquí me conocen con ese apodo: la Serpiente de Norvador. ¿Creéis que es casualidad o es que os habéis puesto de acuerdo con vuestros enemigos? ¿Ya os lleváis bien?

Nichtad sonrió aviesamente y acercó su rostro a un palmo del de Vaelmir.

―¿Quieres saber tú algo más gracioso aún? Quedan unos días para que lleguen los hombres del ard´ain. Te ajusticiarán públicamente, pero yo no me preocuparía mucho por eso. En este tiempo haré que cuando lleguen te alegres tanto de verlos, que les rogarás que acaben ya con tu miserable vida colgándote del Árbol de los Cuervos.

Vaelmir fingió una expresión pensativa, con sus ojos brillando burlonamente.

―¿Una soga? Hasta para eso son mejores que vosotros en Isgarad. Allí quieren ejecutarme en el tajo del verdugo y clavar mi cabeza en una pica. En mi país no lo han especificado, pero hay una molesta costumbre en el norte de quemar vivos a los deser…

Nichtad, sin decir palabra, tomó repentinamente un hierro del suelo y volvió a golpearlo con saña. Su voz se quebró, para tornarse luego en gritos. Resistió durante unos minutos, pero al final volvió a perder la consciencia.

 

Cuando despertó seguía igual, con insoportables calambres y dolores por todo el cuerpo. No sabía cuánto tiempo habría pasado desde que lo capturasen en la cabaña del sacerdote, pero estaba seguro de que menos de un día. Udclain estaba sentado cerca de la entrada a la sala de torturas, bajo una antorcha, pero de Nichtad no había ni rastro. Vaelmir se fijó en las llaves que colgaban del cinturón del moradheano. Lo mismo le valdría que estuviesen en la legendaria Caraid; jamás las conseguiría.

―Ud… Udclain ―lo llamó con voz vacilante―. ¿Cómo?

―¿Cómo qué, asesino?

―¿Cómo supisteis quién era?

―Ah, eso. Te debe de reconcomer el no saberlo, ¿verdad? El astuto Vaelmir no es tan listo después de todo. El sacerdote dijo que el joven que llevabas contigo lo despertó durante la noche. La fiebre lo hacía delirar y al parecer te llamó por tu verdadero nombre, pidiéndote que no lo abandonases.

Vaelmir maldijo en silencio, recordando el sueño que había tenido en el que un Suridh ya muerto lo llamaba por su nombre y le pedía que no lo abandonase. «Si te confías demasiado e ignoras las señales de peligro ―pensó con amargura―, acabas muerto».

―Y el sacerdote se apresuró a mandaros llamar.

―Somos los dwaron de esta… ―Udclain vaciló y cerró la boca, pero Vaelmir no pasó por alto lo que había querido decir―. Pronto estará aquí el bead´thain con sus hombres y a no mucho tardar vendrá la guardia del ard´ain para llevarte a Ard Vanan.

«Un pueblo pequeño ―infirió Vaelmir observando atentamente los gestos y la expresión del hombre mientras hablaba―. Sólo están ellos dos, los únicos que actúan como la autoridad de este lugar. El bead´thain del poblado debe de estar en otro lugar, al igual que sus hombres. Sin embargo, es sincero cuando dice que pronto vendrán a por mí. Esta vez te has metido en un buen lío, Vael».

―El sacerdote quería ganarse el favor del ard´ain y de nuestro clan ―continuó el hombre―. ¿Puedes culparlo? Incluso en tu país te repudian. No lo sabíamos, pero el religioso nos aseguró que es cierto. Al fin y al cabo, un asesino y traidor lo es tanto entre sus enemigos como en su propio hogar.

―Si pensar eso alivia tu conciencia…

―¿Mi conciencia? ―El hombrecillo rio con desgana, sorprendido por su desfachatez―. ¿Vas a decirme que no eres culpable? ¿Qué todo fue una trampa?

―No, Udclain. Con la escasa agua que me habéis dado, no malgastaré saliva intentando convenceros de algo que ya tenéis muy claro.

―Huiste de Moradhair antes del juicio. Ahora ya no tendrás derecho a explicarte. Encontramos el oro en tu hogar, en Ard Vanan. Sabemos que asesinaste a Suridh, nuestro embajador para negociar la paz, un hombre muy respetado entre los nuestros. Hasta tu amante y prometida habló en tu contra. ―Vaelmir frunció los labios, lo que provocó que uno de los cortes volviese a sangrar―. ¿No lo sabías?

«Las hijas de Moradh son como las tormentas de verano ―tarareó Vaelmir mentalmente.» Siempre supo, sin necesidad de que nadie se lo dijera, que ella debía de odiarlo. Y, sin embargo, saberlo a ciencia cierta le hizo más daño que cualquier herida que aquellos hombres hubiesen podido infringirle.

―Lo oirás de sus propios labios ―aseguró Nichtad, entrando de forma súbita en la sala con un fardo en las manos―. Los espíritus favorecen a los hijos de Moradh, serpiente. Que hayas venido a parar a mis manos y que Shildan ail´Beanos esté junto a nuestro bead´thain no puede ser casualidad. Los espíritus quieren que seas castigado por aquellos a quienes más has hecho sufrir.

Nichtad se dirigió a una de las mesas y depositó el fardo encima. Al abrirlo, Vaelmir vio que dentro había varios hierros con extrañas formas en uno de sus dos extremos.

―¿Ella está cerca? ―preguntó.

¿Le mentían aquellos hombres? No estaba seguro. No podía ser que su mala suerte hiciese que fuese ella quien lo llevase a Ard Vanan, hasta la soga que pondría fin a su existencia. Entonces recordó las palabras de Ordeth en la playa y no pudo evitar sonreír con amargura. Si esa era la clase de protección que le brindaban los sherims, bien podían metérsela por el culo.

―A estas alturas ya debe de estar viniendo, a poco más de un día hacia el oeste ―Nichtad sonrió en la penumbra de la habitación, girando el cuerpo para mirarlo con desprecio―. Dicen que ella sufrió mucho cuando escapaste y más cuando se supo que estabas entre los generales del rey Andrid, masacrando a los nuestros en el norte.

―Reconozco que no suena nada bien ―dijo Vaelmir con una mueca burlona―. Pero la guerra es la guerra. Seguro que ella lo entiende.

―No es eso lo que he oído ―le aseguró el hombre acercándose a él con una fusta en la mano. Nichtad ya no sonreía―. Shildan empeñó su honor en defenderte cuando todo apuntaba hacia ti. Te defendió ante el ard´ain y el consejo de los thains. Creyó en ti incluso cuando huiste a Norvador, como la rata que eres. Sólo cuando se supo que cabalgabas al lado del rey Andrid, arrasando Cealis y nuestras posiciones en el norte, se dio cuenta de lo equivocada que había estado. Más aún cuando sus dos hermanos perecieron en una escaramuza contra los caballeros del Lirio.

Nichtad se puso tras él y, sin dejar de hablar, empezó a golpearlo con la fusta en su espalda desnuda. Vaelmir gruñó de dolor y apretó los dientes.

―Dicen que tiene una flecha preparada para ti. Ya era una de las mejores con el arco cuando tú la conociste, pero ahora cuentan que es insuperable desde que se unió a los Sombras Verdes ―siguió relatando Nichtad, con la voz entrecortada por el esfuerzo.

Vaelmir apenas si lo escuchaba. Intentó no pensar en ella, no pensar en nada para abstraerse del dolor como le habían enseñado a hacer en Varagor.

No funcionó.

―¿No dices nada ahora? ¿Ya no te burlas? ―prosiguió Nichtad golpeándole más fuerte―. Lo más probable es que ella te mate en cuanto te vea, a pesar de las órdenes del ard´ain. Te odia con todo su corazón, como lo hago yo ―le siseó al oído.

Nichtad dejó de golpearlo y observó las viejas cicatrices que recorrían el cuerpo del prisionero. Algunas destacaban bajo la capa de sudor, mugre y sangre reciente. El hombre las recorrió con un gran dedo, en un incongruente acto cercano a la amabilidad. La de las costillas, cuatro largos surcos irregulares y blanquecinos, parecía causada por la zarpa de un gran animal. El feo corte de Suridh en el antebrazo parecía una minucia en comparación. Había otra marca que llamó la atención de su torturador. Era una cicatriz violácea, casi negra, del tamaño de una moneda sobre su corazón. El dedo de Nichtad presionó en ese punto, como si quisiera introducirlo hasta tocar su alma. Vaelmir se fijó en las callosidades de sus manos y en las pequeñas quemaduras que recorrían su brazo. Aquel era un hombre duro que no tendría piedad, pero eso ya lo sabía.

―Has sobrevivido a muchas cosas, por lo que veo. En esta mierda de mundo los cobardes prosperan mientras los valientes mueren. Udclain, enciende el fuego. Voy a dejarle un recuerdo más a este hijo de puta, para cuando desfile desnudo por las calles de Ard Vanan hasta la horca.

―Muy bien, pero recuerda: no podemos matarlo. Si Shildan quiere enfrentarse a la ira del ard´ain, por mí de acuerdo. Ella es de su mismo clan y tienen parientes comunes. Pero nosotros debemos entregárselo vivo y más o menos en buen estado.

―Eso ya lo veremos ―gruñó Nichtad―. Ni todo el dolor del mundo compensa lo que se merece.

―¿Sabes, Nichtad? ―intervino Vaelmir con una mueca burlona―. He oído que en Varagor los sabios carmesíes de Messu Vrahim dicen que el odio siempre se vuelve contra uno mismo. La balanza del espíritu, lo llaman. Tu corazón debe estar podrido de odio.

Nichtad le dio un puñetazo tan fuerte en el estómago, que se quedó sin aire y se dobló gimiendo, hasta donde le permitieron las cadenas. Un hilo de saliva sanguinolenta le resbaló de la comisura de los labios.

―Pues entonces la mitad de las madres, padres y hermanos de Moradhair tiene el corazón lleno de los gusanos del odio. Odio hacia ti. En Norvador te llaman conde y dicen que tienes sangre noble corriendo por tus venas. Yo digo que tienes ponzoña y que tu verdadero nombre es Ceadhroich.

Nichtad le escupió en la cara y se marchó a ayudar al otro hombre, que ya había encendido un fuego en un gran brasero al otro lado de la habitación, bajo un tosco respiradero. Vaelmir miró al techo, con arrugas de dolor y tristeza recorriendo su rostro ahora que ninguno de sus torturadores le observaba. Sus labios se movieron musitando un nombre de mujer, sin pronunciarlo, como si no se sintiese digno de ello.

La recordaba cuando le había hablado sobre los espíritus que su pueblo adoraba desde tiempos remotos. Eran los señores del bosque, los ríos y la tierra. Le enseñó quienes eran Ei´Luathos, Ardara, Nean Gawen y muchos más, todos al servicio de U´nigh, el Alma del Mundo. Sin embargo, había otros que eran la antítesis del gran ciclo del mundo. El más odiado de todos ellos era Ceadhroich, el Verdugo del Bosque. Entre los moradheanos ese era el peor insulto que se podía proferir contra uno de ellos, y solo se reservaba para los más crueles, sádicos y arteros asesinos y traidores.

―Me lo merezco ―susurró Vaelmir.

―¿Qué has dicho? ―bramó Nichtad desde el otro lado de la sala―. Da igual. Pronto vas a lucir tu vergüenza y todos sabrán la clase de abominación que eres. Antes de que tu miserable cuerpo se pudra en el Árbol de los Cuervos podrán leer en él tu verdadero nombre y sabrán lo monstruosos que fueron tus crímenes.

Cuando ambos hombres se acercaron a él con los hierros que viese antes, ahora al rojo, comprendió a que se refería. Nichtad lo miró exultante mientras apretaba con fuerza los diferentes hierros contra su pecho. Las runas que le grabaron a fuego le abrasaron mientras piel y carne humeaban y se quemaban. El olor de su propia carne chamuscada le revolvió las tripas. Jamás pensó que su garganta pudiese gritar tanto sin desgarrarse, pero lo hizo.

 

 

 

3.

 

 

Pasó otro día o eso le pareció. Puede que en realidad fueran dos o diez. Se desmayó varias veces. Durmió en otras ocasiones. Murió una vez. O soñó que moría y por fin podía descansar. Se lo había ganado, creía, y si no era así no le importaba. Tendrían que hacerle un hueco en el infierno.

En uno de esos momentos de oscuridad y confusión se vio a sí mismo atado por las cadenas, derrotado, magullado, casi sin vida. Las terribles runas de la lengua de Moradh marcadas en su pecho se veían blancas, con la textura del cuero viejo. A su alrededor la piel estaba enrojecida y quemada. El resto del cuerpo no presentaba mejor aspecto. Había multitud de cortes, contusiones y perforaciones. La cabeza estaba caída sobre el pecho, las muñecas despellejadas por los grilletes y la sangre formaba un irregular charco bajo su cuerpo. La muerte se percibía, flotaba en el aire como una certeza. Cuando se vio acercándose hasta su propio cuerpo comprendió que la muerte debía de ser él; dispuesta, por fin, a reclamar al triste despojo que una vez había sido Vaelmir de Aldremhem.

―Mírame.

Vaelmir abrió los ojos con dificultad y el dolor volvió a embargarlo en toda su abrumadora plenitud. Al principio no vio a nadie. La sala estaba prácticamente a oscuras ya que solo permanecía encendida una antorcha junto a la salida. Luego vio a un hombre encapuchado acercarse a él desde las sombras. «La muerte», recordó.

―¿Quién eres? ―murmuró con voz débil.

―Alguien que no es humano y que no está aquí realmente ―dijo con una voz que decididamente no era humana.

―Me muero y tú me vienes con acertijos ―dijo con una risita hilarante impregnada de dolor―. Debo advertirte que no creo en ningún dios, así que ahorrame el sermón final acerca de mis pecados. No me arrepiento de ninguno.

―¿Hemos de pasar todas las veces por lo mismo? ―comentó la figura, más para sí misma que para él―. Sé que reniegas de los dioses porque necesitas culpar a alguien de tu desgracia, pero eres demasiado inteligente para no saber que el único culpable eres tú.

―¿Vas a llevarme o vas a torturarme como ellos? ―susurró Vaelmir con un hilo de voz en el que, a pesar de todo, se advertía un tono desafiante―. Lo que sea hazlo ya. Me aburre mortalmente hablar con alguien imaginario que solo está aquí para señalar mis numerosas faltas.

―Que no esté aquí no quiere decir que sólo exista en tu imaginación.

El encapuchado se adelantó otro paso, hasta situarse a unos palmos de él, y se bajó la capucha. Su propio rostro le observó, con sus mismos burlones ojos verdes, mirándole inquisitivamente. Vaelmir pestañeó, confundido.

―He perdido la cabeza. O eso, o es la broma final que los dioses me gastan.

―Ni lo uno ni lo otro ―dijo su doble―. Pero si puedo decirte que no es la primera vez que hablamos en condiciones… similares.

El otro no dijo más, pero Vaelmir captó la mirada que le lanzó a las viejas cicatrices de su cuerpo.

―Tienes mi atención. ¿Quién eres y qué quieres de mí?

―Piensas en los dioses como unos seres egoístas y caprichosos que destrozan las vidas de los hombres, sin ni siquiera percatarse de ello ―dijo su doble eludiendo una respuesta directa a su pregunta―. Tienes razón, pero yo y mis hermanos no somos dioses. Tampoco somos carne, solo somos voluntad, y generalmente no buscamos nada de los humanos.

―Generalmente... ya. ¿Por qué tienes mi aspecto?

―Como dije, no soy de carne. Tú me ves así.

―Ah, claro ―Vaelmir intentó reír, pero su risa sonó como un graznido agónico―. Una mujer me dijo una vez que era un asqueroso narcisista pagado de mí mismo. Sin duda debe ser por eso.

Su doble permaneció impasible ante su comentario. Levantó una mano y la apoyó en su hombro. Vaelmir no la notó.

―Te mueres ―le dijo con terrible claridad. Sus palabras hicieron que su rostro se ensombreciera―. ¿Ansias la paz de la muerte?

No contestó inmediatamente, como si estuviera reordenando sus pensamientos al respecto.

―No creo que en la muerte haya paz ―susurró finalmente con ojos brillantes―. Creo que es solo otra forma de pagar, pero aquí ya no me queda nada. Tan solo dolor, humillación y seguir huyendo y escondiéndome. Quiero… Necesito acabar ya.

―Te creo, pero incluso así una parte de ti sigue queriendo sobrevivir. Haciendo planes para escapar. Observando y calibrando. Tu astucia… tu vitalidad, podrían ser muy útiles si las usaras para ayudar a otros.

―¿De qué hablas? ―Vaelmir agitó la cabeza, claramente confundido.

―Piensas que no te queda nada, pero no es así. Sigues teniendo amigos, responsabilidades y gente que te aprecia.

―¿De veras? Llevo casi cuatro años escondiéndome de todo aquel que una vez llamé amigo, aliado o familia. A veces he tenido que hacer cosas terribles para poder seguir respirando, cosas que me avergüenza admitir incluso ante mí mismo. Y todo empezó a causa de esa maldita guerra. ¿Conoces a algún hombre que haya sido capaz de enfurecer a tres naciones y que todas piensen que ese hombre ha conspirado contra ellas? Pues yo fui capaz ―dijo con una sonrisa amarga. A pesar de ello, las lágrimas le caían a ambos lados de la cara, disimuladas por la sangre seca y la mugre―. Isgarad perdió a sus embajadores y emisarios, asesinados a traición. Norvador a su príncipe heredero… mi amigo. El Dominio de Moradh perdió mucho más durante la guerra. Cuando hui a mi país, antes del juicio, sabía que cometía un gran error, pero no tuve otra opción. El rey me llamaba. Mi padre, el maldito duque de Mardholm, me llamaba. Debía ir y explicarles mi versión de lo sucedido. Contarle al rey Andrid por qué a su hijo lo habían degollado cuando había acudido a petición mía a una ciudad neutral para mejorar las relaciones con Moradhair.

»¿De qué sirvió mi astucia cuando mis explicaciones no fueron capaces de evitar la guerra? ¿De qué cuando Norvador se alió a Isgarad para castigar a las gentes del Dominio? El rey me pidió que comandara parte de su ejército para disipar cualquier duda sobre mí entre mi gente y yo lo hice. Debí negarme, pero entonces no vi otra salida. Poco después entramos en Cealis e incendiamos el barrio de los moradheanos con muchos de ellos encerrados en sus hogares. Los gritos… Vi lo que hacíamos con sus aldeas y con sus mujeres. Luego llegaron las noticias de que el maldito rey Bedius de Isgarad había masacrado a diez mil de los habitantes de Alveran. ¡A diez mil! Todos y cada uno de los que no habían podido huir… ―Vaelmir gimió, no se sabía si por el dolor físico o por sus angustiosos recuerdos―. Después de aquello no pude seguir. Deserté y conseguí que me odiaran también en mi país. Mi padre clavaría mi cabeza en una pica con sus propias manos sin derramar una sola lágrima. Si no hubiese llegado la Plaga, si la enfermedad no hubiese diezmado a los ejércitos, aún estarían muriendo moradheanos en la guerra. Así que, dime. ¿Qué amigos tengo? ¿Qué me queda en esta vida para que valga la pena vivirla?

Vaelmir acabó el repaso por los últimos cinco años de su vida temblando como una hoja. Una acusada palidez se fue extendiendo por su piel como si el abrir su corazón ante el otro lo hubiese dejado vacío por dentro.

―Más de lo que crees. Eres un hombre que deja huella en los demás, para bien o para mal. Está aquel al que considerabas tu mejor amigo.

―Terion… ―Vaelmir sonrió de forma apagada―. Está lejos… muy lejos y dudo que alguna vez volvamos a vernos. Ni aunque consiguiera salir con vida… ―Se interrumpió con una súbita intuición, y miró a su doble con curiosidad―. Le prometí algo a Terion antes de su marcha. ¿A eso te refieres cuando afirmas que tengo responsabilidades?

―Largo tiempo olvidadas. Hay un sendero que debes seguir para que llegue el día en que debas cumplir con lo prometido, pero si mueres no harás ningún bien a nadie.

―Hay muchos que estarían en desacuerdo con eso… ―Vaelmir calló y parpadeó. Súbitamente le asaltó un fuerte dolor en el brazo izquierdo. Se sentía entumecido y agotado y un pánico visceral e incontrolable le encogió las tripas.

―Ahorra fuerzas ―le recomendó su otro yo―. Tu fin se acerca.

―Si vas a… sacarme de aquí, es el momento ―dijo entre jadeos.

―Me temo que eso está más allá de lo que puedo hacer por ti ―Su extraño doble le señaló el anillo de la esmeralda engastada, sin tocarlo―. Te ha protegido antes y volverá a hacerlo. Aunque luego no lo recuerdes, ya hace tiempo que lo sospechas.

Vaelmir intentó responder, pero las palabras no le salían. Su visión se había convertido en un oscuro túnel rodeado de sombras. Solo consiguió jadear de dolor y frustración.

―Coad Maewir ―prosiguió su falso yo, con el dedo índice a solo unas pulgadas de la ovalada esmeralda―. El regalo de alguien que una vez significó mucho para ti. Aunque ahora sueña con matarte, y lo haría en cuanto te viese, créeme, su regalo te ha mantenido con vida. Irónico, ¿verdad? Quizá el anillo pueda protegerte una o diez veces más, pero todo, incluso yo, tiene su fin. No sigas desaprovechando las oportunidades que te son dadas, Vaelmir de Aldremhem.

Vaelmir sintió como su consciencia se desvanecía en la nada y, entonces, el miedo que lo atenazaba se disipó. Sintió una paz y un sosiego tan extraordinarios que apenas logró recordar si alguna vez las había sentido con anterioridad. Antes de cerrar los ojos a la negrura más absoluta vio cómo su otro yo tocaba por fin la esmeralda. Un fogonazo de luz verdosa se extendió desde el anillo y bañó la habitación durante unos segundos antes de apagarse, pero para entonces ya no era capaz de ver nada.

 

 

 

4.

 

 

―¡Despierta!

Vaelmir se agarró a las palabras como si fueran los maderos del Gloria de Esachal que le habían salvado la vida en el mar. Abrió los ojos, mareado y confuso, y vio los nebulosos rostros de Udclain y Nichtad suspendidos sobre él. Tardó unos segundos en comprender que estaba tumbado en el húmedo suelo de la sala de torturas. Suspiró, decepcionado, al comprender que la muerte solo había sido un sueño o quizá un anhelo, pero no la realidad.

―¡Levanta, Ceadhroich! ―le espetó Nichtad.

Sin esperar a ver cumplida su orden, cerró su manaza sobre las cadenas que le aprisionaban las muñecas y lo levantó con un seco tirón. Vaelmir se vio izado a trompicones como un pelele y entonces comprendió dos cosas. Una era que la fuerza que tenía aquel hombre era mayor de lo que creía. La otra hizo que tuviese que esconder una sonrisa y que se forzase a tropezar y gemir de dolor. Su cansancio y la mayor parte de su dolor se habían esfumado, por eso había creído durante un instante que había muerto. No sabía cómo demonios era posible, pero así era. Lo último que recordaba era el dolor terrible de su cuerpo, los calambres, la debilidad y luego nada. Oscuridad, la sensación de estar agonizando y el vacío, antes de que los hombres lo despertaran.

―¿Seguiste torturándolo ayer? ―le preguntó Udclain al otro hombre con desconfianza.

«Oh, ya lo creo ―pensó Vaelmir―. Me hizo varias visitas mientras tú no estabas, Udclain. Es un gran anfitrión». Nichtad frunció el ceño y no contestó.

―Te dije que ya era suficiente. Míralo ―prosiguió el hombrecillo―. Apenas puede tenerse en pie. Es un milagro que no esté muerto.

―No lo está, que es lo que importa. El bead´thain ya llega por el camino del oeste. Si no se muere en los próximos cinco minutos nosotros ya habremos cumplido.

Las esperanzas de Vaelmir se vinieron abajo al oírlo. ¿Cinco minutos? No tenía tiempo. Aunque solo le habían encadenado las manos mientras estaba inconsciente, creyéndolo demasiado débil y quebrantado para ser una amenaza, le iba a servir de bien poco cuando llegasen los hombres que lo llevarían a Ard Vanan a morir.

―¿Qué era esa luz? ―lo interrogó Nichtad cerrando una de sus grandes manos sobre su cuello―. Me refiero a esa luz verde que destelló por el hueco de la escalera antes de que bajáramos.

―No sé… de qué… demonios hablas ―mintió Vaelmir, inspirando con dificultad.

Evitó mirar a su anillo, pero sabía que la luz verde estaba conectada a él, de alguna manera. Nunca la había visto, pero otros le habían hablado de ella. Nichtad le miró entrecerrando los ojos y apretando más la mano sobre su tráquea, como si se sintiera tentado de acabar con su vida antes que entregárselo a los hombres del Ard´ain. Udclain se acercó y le retiró la mano, impasible ante la furiosa mirada del otro hombre.

―Ya está casi hecho. No solo tú tienes derecho a la venganza, Nichtad. Todo Moradhair será vengado cuando sea ajusticiado. Vamos. Yo lo llevaré. Tú ve delante.

El hombrecillo lo tomó de la cadena, conminándolo a caminar. Nichtad gruñó, contrariado, pero hizo caso al otro hombre y abrió la marcha. Cuando salieron de la sala, Vaelmir comprendió que debían de estar en una de las muchas torres de vigía que habían apostadas en las fronteras de Moradhair, tanto en la costa como tierra adentro. Subieron unas empinadas escaleras que llevaban a la planta baja de la torre. Udclain se colocó tras él, vigilante. El hombre de delante tenía un hacha al cinto y el de detrás solamente un puñal. Vaelmir fingió tropezar, intentando ganar tiempo y hallar una forma de salir de esa situación. Udclain lo empujó sin miramientos y llegaron al final del tramo de escalera. Al otro lado de la estancia vio la puerta de entrada, abierta. A través de ella se veía un camino serpenteante y varias casas desperdigadas en la distancia. Entre ellas, cabalgando en un ligero trote, vio quizá a una veintena de jinetes y sus monturas. Vaelmir suspiró, derrotado, al comprender que no tenía ni dos minutos.

«No ―se dijo con vehemencia―. No aceptaré que los dioses manejen mi destino. Ellos no me han traído aquí, no quieren que pague por mis pecados y tampoco me protegen a través de un trozo de metal y una esmeralda. Estás tan solo como siempre y dependes de ti mismo. Decídete ya, Vael. ¿Quieres seguir lamentándote por tus errores hasta que te cuelguen o quieres vivir asumiéndolos?».

―¿Te alegras finalmente de verlos o no, Ceadhroich? ―se burló Nichtad al ver que se quedaba paralizado cerca de las escaleras, mirando como llegaban los jinetes a través de la puerta―. Moradhair hará justicia contigo.

«Matarme no será un acto de justicia, ni siquiera de venganza.» Tanto la una como la otra necesitaban de culpables para realizarse. Bajó la vista hasta las quemaduras de su pecho y tuvo su respuesta. Si querían a Ceadhroich, entonces lo tendrían.

―Nichtad. Antes de que me entregues a ellos para morir quiero sincerarme contigo ―dijo con voz lastimera, juntando las manos frente a él como si implorase―. Yo fui el hombre que mató a tu hijo. Recuerdo su rostro y era tu vivo retrato.

―¿Qué estás diciendo? ―inquirió el hombre, enrojeciendo.

―¡No le escuches! Es imposible que lo matara él. Solo quiere enfurecerte para que le brindes una muerte rápida antes que ser humillado en Ard Vanan.

―No te daré esa satisfacción, Ceadhroich. Mientes.

―Ojalá fuera así, pero necesito expiar al menos ese pecado. Quiero tu perdón, el que yo le negué a tu hijo. Fue al final de la batalla de Atalaya del Bosque. Lo encontré por casualidad cuando inspeccionaba las bajas de mi ejército. Él estaba herido y me rogó que lo dejase vivir, que sabía que había sido embajador de mi país en Ard Vanan durante más de dos años. Dijo que creía en mí inocencia y que se la proclamaría a todos anunciando mi compasión al dejarle vivir. Cuando vio en mis ojos que sus palabras no me conmovían me habló de la familia que debía cuidar y de sus ganas de volver a estas tierras para seguir trabajando en la herrería, como su padre antes que él. Pude tomarlo como prisionero, pero preferí hundir mi acero en su cuerpo para acallar su voz que me recordaba las traiciones que…

―¡Cállate, serpiente! ―le espetó Udclain levantando un puño amenazador.

Vaelmir fingió encogerse de miedo, sin dejar de observar a Nichtad de reojo. Todo lo que le había dicho estaba basado en conjeturas, probabilidades y en lo que había podido averiguar del torturador y su hijo en base a la observación. Si había cometido un error, el hombre se reiría de él y lo entregaría a los hombres del ard´ain.

Pero Nichtad lo miraba en silencio, con el rostro desencajado y enrojeciendo por momentos.

―Tú… ―susurró, sin encontrar palabras―. Realmente fuiste tú el que me lo arrebató. No solo intrigaste para conseguir una excusa para declararnos la guerra, sino que lo asesinaste. ¡Tú! ―bramó y cogió su hacha―. ¡Vas a morir!

―¡No! ―gritó Udclain en un desesperado intento de calmarlo―. ¡Es lo que quiere! El ard´ain nos colgará a nosotros si lo matamos ahora.

―¡Me importa una mierda! ―aulló Nichtad.

Se lanzó hacia ellos como un caballo desbocado. Udclain intentó interponerse en el último instante y el otro hombre lo arrolló con el cuerpo. Gracias a eso, el tajo descendente del hacha perdió fuerza. Udclain trastabilló, a punto de perder el equilibrio. Vaelmir levantó la cadena, tensándola contra la hoja del hacha antes de que le hendiese el cráneo. La repentina celeridad y firmeza de su movimiento cogió a su atacante por sorpresa. El hacha chocó con un ruido metálico contra la cadena y rebotó ligeramente. Los brazos de Vaelmir se vieron sacudidos por la descarga, pero rápidamente los levantó y enrolló la cadena en la hoja del hacha. Luego se agachó, dando un secó tirón. El arma salió despedida y desapareció escaleras abajo. Su adversario rugió, intentando atraparlo con las dos manos, pero él lo azotó con la cadena en el rostro. Mientras la sangre saltaba, se volvió hacia Udclain, que ya sacaba su puñal dispuesto a sumarse a la refriega, y le propinó una patada en el pecho. El hombre esta vez cayó de espaldas, dando tumbos por la escalera con un alarido.

Vaelmir descargó una lluvia de golpes sobre Nichtad que bramaba enloquecido intentando alcanzarlo. Llegó a sujetarlo, pero logró zafarse tras golpearlo en el estómago. Aprovechó los instantes en que Nichtad se quedó sin aire para sujetar su cuello con la cadena, colocándose a su espalda. Le plantó una rodilla en la espalda y tiró con todas sus fuerzas hacia atrás. 

Por desgracia, Nichtad tenía tantas ganas de vivir como él. Se enderezó, jadeando sin aire, y lo llevó casi en volandas hacia una de las paredes donde intentó aplastarlo. Vaelmir lo soltó mientras se hacía a un lado y le dio un puñetazo en la mandíbula. Fue como golpear con las manos desnudas a un yunque. El enorme moradheano gritó lleno de rabia, con las marcas de la cadena visibles en su cuello, y le dio un tremendo puñetazo que lo hizo caer de espaldas. Vaelmir rodó por el suelo, ganando espacio entre ambos, y se puso de pie. Los cascos de los caballos eran ahora audibles a través de la puerta. Giró la cabeza y vio a los primeros jinetes, soldados y batidores moradheanos, llegando. Al verlo de pie y encadenado, los jinetes azuzaron a sus monturas haciendo gestos a los demás. Su mirada se vio atraída por un jinete encapuchado que se levantaba de los estribos encordando una flecha en un arco de doble curvatura. Durante un fugaz instante le pareció ver unos mechones de pelo rojo y ondulado bailar bajo la capucha.

«Una flecha con mi nombre», pensó al ver el sol de la tarde reflejarse sobre la pulida superficie de madera del arco. No se permitió pensar en nada más, en ella; eso en estos momentos sería su fin.

―Debo reconocer que luchas mejor que el cobarde de tu hijo. Él lo único que hizo fue llorar y rogar por su vida― le espetó a Nichtad sin apartar la vista del jinete.

Un rugido y el ruido de Nichtad abalanzándose hacia él, le confirmaron que el hombre intentaba arrollarlo gracias a su fuerza bruta. Siguiendo más una intuición que otra cosa, Vaelmir se apartó dando una voltereta hacia atrás en el último momento. Apenas si oyó el zumbido de la flecha, disparada desde cuarenta metros a través de la puerta, pero fue audible el sonido que hizo al incrustarse en el cuello de Nichtad cuando este se cruzó repentinamente en su trayectoria. El hombre giró sobre sí mismo por el impacto, regando con su sangre el suelo de la estancia. Antes de que el moradheano hubiese caído al suelo, Vaelmir ya corría hacia la puerta.

Los jinetes descabalgaban con una envidiable agilidad de sus monturas, echando mano a sus hachas y espadas. Cuando llegaba a la pesada puerta de madera remachada de hierro, y se dejaba el alma para cerrarla, advirtió que el arquero encapuchado saltaba de su montura y aterrizaba de pie, encordando otra flecha en su arco. La puerta se cerró y Vaelmir levantó la pesada barra de madera, escuchando los pasos de los hombres al otro lado, justo antes de trabarla. La puerta se movió ligeramente al ser empujada, pero permaneció firme. Vaelmir apoyó la espalda en la pared, al lado de la puerta, y se dejó caer hasta el suelo, suspirando.

En momentos así, envidiaba la tranquila vida de los campesinos de su tierra, por más anodina y miserable que fuese.

―Vaelmir de Aldremhem ―dijo una nueva voz con fuerte acento al otro lado de la puerta―. Parece que te has liberado y has asesinado a mis dos dwaron. Abre esta puerta ahora y te trataremos con respeto hasta que el ard´ain decrete tu muerte. Niégate y haré que las monturas de mis hombres te sodomicen antes de llevarte a su presencia.

Vaelmir permaneció en silencio, mirando como la sangre seguía saliendo a borbotones del cuello de Nichtad. No pudo evitar sonreír al oír las amenazas del que debía de ser el bead´thain. Solo servían para aumentar su determinación de no dejarse coger, al menos no con vida.

―Estás atrapado ahí dentro. Traeremos buenas hachas del pueblo y antes de lo que crees te sacaremos a rastras. ¡Sal ahora o paga las consecuencias!

Su silencio fue interpretado como una negativa a entregarse, porque oyó como el líder ordenaba a sus hombres ir a por las hachas que había mencionado. Por suerte, ella no habló. Así podía fingir que quizá no estaba allí fuera, que no era ella quien le había disparado. Que no lo odiaba con aquella intensidad. Al cabo de unos instantes volvió a suspirar. Nunca se le había dado bien mentirse a sí mismo.

―¿Te has fijado? Es la primera vez que la veo fallar ―oyó entonces que decía uno de los hombres del exterior.

―Dicen que la Serpiente de Norvador es amigo de demonios. Habrá confundido su vista con sortilegios. Sial um nighê.

―Um niguê ―repitió el primero.

Vaelmir se dijo que ya era hora de escapar o morir. Se puso en pie y bajó las escaleras. Esperaba ver a Udclain muerto, o inconsciente, pues no había dado señales de vida, pero estaba con los ojos abiertos caído al final de la escalera. Sangraba por una brecha en la frente y tenía una fea fractura en la pierna izquierda. El hueso del fémur era visible tras haber atravesado y roto sus calzones. El hombre gemía quedamente, pero levantó la mirada cuando Vaelmir bajó hasta situarse a su lado.

―¿Vienes a matarme?

―Nunca mato por placer ―le contestó Vaelmir tomando el puñal del dwaron, tres escalones por encima del hombre―. Sin embargo, no me importa hacerlo si los hombres que me han torturado no me dan lo que quiero. Necesito la llave de mis grilletes, tu jubón y tus botas. Creo que me irán bien.

Udclain asintió lentamente y le lanzó el manojo de llaves que llevaba en su cinturón. Luego se despojó de su jubón lanzando un alarido al mover involuntariamente la pierna herida. Las botas se las sacó el propio Vaelmir entre más gritos de dolor.

―¿Cómo lo hiciste? Estabas medio muerto y luego… Ahora me doy cuenta de que tus heridas parecen casi curadas. ¿Cómo es posible?

Vaelmir se pasó una mano por sus nuevas cicatrices. Cuando sus dedos recorrieron las runas que proclamaban su nombre entre el pueblo de Moradhair, no sintió nada. Era como si aquel nombre, Ceadhroich, lo hubiese vuelto un ser insensible e incapaz de sentir su propio tacto. Se puso el jubón, sin poder evitar la desazón que lo invadió.

―Algunos te dirían que los dioses me protegen. Yo creo que la suerte tiene dos caras y a veces compensa las injusticias. Cree lo que quieras. A cambio de tu vida debo pedirte otro pequeño favor, Udclain. Pareces un hombre de honor. ¿Si me das tu palabra puedo confiar en que la mantendrás?

El hombre asintió con el rostro pálido y entonces Vaelmir le explicó lo que quería.

Poco después subía los altos escalones de dos en dos. Cuando pasó junto a la puerta de entrada, las hachas ya empezaban a astillarla, golpeado rítmicamente. Vaelmir siguió subiendo por la torre, sin detenerse. Cuando llegó arriba se lanzó a subir por la escalera vertical de madera que daba a una trampilla de madera cerrada.

Al abrirla se encontró en la parte superior de la torre. El día estaba llegando a su fin, con el cielo occidental tiñéndose de violeta. Vaelmir pestañeó y cerró los ojos, tras haber estado varios días en la penumbra de la sala de torturas.

―Vaelmir ―oyó entonces que gritaba una mujer―. Si alguna vez me quisiste, si algo de lo que dijiste era real, debes dar la cara y asumir tus errores. Si no lo haces, para mí serás siempre un cobarde mentiroso que pone su vida por encima de su honor.

Vaelmir escuchó su voz conteniendo la respiración. Cuando ella terminó de hablar una sonrisa desolada se formó en su rostro. Sabía que ella estaría con el arco aprestado, esperando verlo asomarse por las almenas para abatirlo. Y esta vez no fallaría. Sin duda ella sabía que estaba en el tejado. Probablemente había escuchado el ruido de la trampilla al caer, o quizá era que lo conocía tan bien que anticipaba sus movimientos.

Hubiese dado sus tierras y todo lo que poseía, si aún le quedase algo de todo aquello, por verla una última vez. Por ver su cabello rojo, el fuego en su mirada y sus labios de seda. Pero no su vida. Eso no.

Se dirigió al lado contrario de la torre, por una vez lanzando una plegaria a los Tres, a los sherim y a los espíritus de Athael, por si acaso. Al llegar se asomó a las almenas y cuando vio lo que había al otro lado una risa sincera y espontanea brotó de su garganta. La torre estaba al final de un promontorio que caía a pico unos cuarenta metros hasta un riachuelo y un bosque que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los arqueros de fuera de la torre no tendrían ángulo de tiro ni podrían verlo desde donde estaban.

―Ser conocido como Ceadhroich es un honor que nunca pedí y que tampoco merezco ―murmuró subiéndose a las almenas―. Siempre preferí que me llamaran el Gato Negro.

Haciendo honor a su sobrenombre empezó a descender con agilidad metiendo manos y pies en los desperfectos de la mampostería de la torre. Mientras descendía, con el viento agitando su ropa, repentinamente pensó en Terion y en la promesa que le había hecho. Era absurdo pensar en él tras tanto tiempo y en esta situación, pero estar tan cerca de la muerte le hizo comprender que de algún modo debía poner fin a su interminable huida. Si quería honrar la promesa que le había hecho a su amigo, debía limpiar primero su nombre en la que había sido su patria. Enfrentarse a su rey, a su padre y a su pasado. Lo haría, aunque eso significase dar un paso en falso y caer al abismo. Vaelmir de Aldremhem nunca usaba una cuerda de seguridad durante sus escaladas. Aquellos que siempre caen de pie no la necesitan.

 

Cuando al fin derribaron la puerta, envió a los hombres arriba. Lanzó una breve mirada al dwaron que tenía su flecha incrustada en el cuello. Una muerte más que poner en la cuenta de Vaelmir, aunque ahora mismo pesaba sobre su conciencia. Sabía que a estas alturas probablemente ya estaría lejos o bien muerto. Él era perfectamente capaz de descender por aquel barranco, pero si lo habían torturado durante días no tendría fuerzas para hacerlo y quizás no se atrevería. Esperó a que los guerreros, más hábiles en el cuerpo a cuerpo, pasaran por delante. El resto de los hombres y el bead´thain cabalgaban hasta la parte inferior del barranco, por si acaso Vaelmir lo lograba, pero jamás llegarían a tiempo. Cuando iba a subir tras los demás escuchó una llamada, escaleras abajo. Desenvainó su sica y bajó los escalones con precaución. Fue entonces cuando vio al otro dwaron que había retenido a Vaelmir, con la pierna rota.

―Pediré ayuda. Te llevaremos al pueblo y…

―Espera ―pidió él, levantando una mano―. Por tu descripción sé que eres Shildan ail´Beanos. Me dio un mensaje para ti.

―No quiero oírlo ―espetó con una mirada inflexible―. No quiero nada de él, excepto su muerte.

―Lo oirás ―prosiguió el herido―. Le di mi palabra de que entregaría el mensaje cuando estuviese ante ti. Sus palabras fueron: ¿Es más cobarde el que se deja matar con honor o el que sigue viviendo una vida amarga solo porque tiene esperanza? Quizá no sea hoy ni mañana ni dentro de un año, pero algún día enmendaré mis errores. Ojalá nunca te hubiera conocido para no haber podido hacerte daño. Créeme, cada día de mi vida pago por ello.

Udclain permaneció en silencio. Shildan abrió los labios, sintiéndose mareada y sin saber que decir ni que pensar. Apretó tanto la empuñadura de la espada, que le dolió la mano. No sabía a qué clase de esperanza se refería Vaelmir. No quería saberlo. Él ya no podía hacerle daño y nunca más se lo haría.

―Voy a atravesarle el corazón con una flecha a ese hombre ―afirmó con una voz que fluctuaba entre la certeza absoluta y la desesperada necesidad de creerlo.

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Please reload

© 2018 - El Trastorno de Elaranne por Rubén H. Ernand