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Reflexiones, locuras y fantasías de un escritor. Pensamiento, memoria y quizás también algo de sabiduría.

  • Rubén H. Ernand

AOKIGAHARA EL BOSQUE MALDITO



¡Bienhallados, trastornados!


Hoy me gustaría hablaros de uno de esos lugares fascinantes y hermosos, a la par que siniestro y solitario, que hay en el mundo. Aokigahara, un bosque situado en la prefectura de Yamanashi, que ocupa alrededor de 35 kilómetros cuadrados de un parque natural a los pies del monte Fuji, es tristemente famoso por ser un enclave donde muchos japoneses acuden a acabar con su vida.


En su interior reina el silencio más absoluto (se dice que los aparatos electrónicos no funcionan correctamente y el viento queda bloqueado por los árboles) y una inquietante oscuridad. La vida silvestre es casi inexistente allí y la zona está cuajada de cavernas. El bosque es un mar de árboles tan profundo y es tan fácil perderse, que los excursionistas que penetran en él suelen dejar cintas de colores atadas a los árboles para facilitar el regreso a los suicidas arrepentidos que en él se internan.


Y es que Aokigahara es uno de los lugares de Japón donde más suicidios se cometen. Algunos creen que los orígenes de esta siniestra "fama" como lugar de suicidios se remontan al siglo XIX, cuando las familias pobres abandonaban a sus ancianos o familiares enfermos en el bosque para que murieran, practicando una forma de "eutanasia" que en japonés se llama ubasute.


Adentrarse en las entrañas de Aokigahara es penetrar en un océano verde de árboles, profundo y oscuro, donde es muy fácil perderse. El rastro que dejan las personas que deciden morir aquí se ve incluso antes de adentrarse en sus profundidades. Desde automóviles olvidados en el aparcamiento del parque a sogas que aún cuelgan de los árboles o frascos de pastillas junto a los cuerpos y esqueletos que quedaron allí y aún siguen vestidos con sus ropas.


Es difícil comprenderlo bajo nuestra óptica occidental. Recordemos que en Japón, hasta hace bien poco, el suicidio era algo que no estaba mal visto. En una sociedad tan estricta y rígida, caer en desgracia y en el deshonor era lo peor que podía sucederte. Mucho peor, creían, que perder la propia vida. Y quizá ese sea uno de los precios a pagar por diluirse en la colectividad y en el deber: perder el rumbo, como le ocurre a los que se internan en los caminos de Aokigahara.


Este bosque lo descubrí mientras me documentaba para mi último libro. ¿Habéis encontrado lugares especiales en vuestro proceso de documentación?


¡Que los Tres iluminen vuestro camino!