Reflexiones, locuras y fantasías de un escritor. Pensamiento, memoria y quizás también algo de sabiduría.

  • Rubén H. Ernand

MICRORRELATO: LAZARILLO


INICIO DEL RELATO:


Dos personas, dos manos trabajando, sobre dos ojos ajenos.

Bajo ellos, Frel, ciego de nacimiento, cuarenta años de oscuridad.

Cuando le dijeron que eran capaces de curarle, les tomó por locos. Sin embargo, no tenía nada que perder, así que aceptó como quien compra un boleto de lotería, solo que en esta ocasión no tuvo que pagar nada.

No podía ver lo que hacían, pero sentía el extraño ungüento que le ponían sobre sus órganos inútiles. Un ligero olor similar al de los hozukis le hizo arrugar la nariz. Se dejó hacer.

Las horas pasaron tan veloces como el discurrir del horizonte.

Al día siguiente una venda le cubría los ojos. Las manos le temblaban tanto como la llama de una vela al borde de un acantilado. Se quitó el vendaje.

Abrió los ojos.

Se asomó a la ventana. Había una docena de figuras ¡Las estaba viendo!

Antes de procesar que solo distinguía contornos oscuros, se dio cuenta de otra cosa. Era su primera experiencia como vidente, pero se lo habían explicado millones de veces, eso no era normal. El único color que veía era el de las líneas iridiscentes que comunicaban unas personas con otras.

–Ahora puedes ver– sonó una voz a su espalda– de la forma en que ven los humanos y además del mismo modo en que lo hacen...

¡Bienhallados, peregrinos!


Hoy el reto para #mireinoporunapluma nos invita a continuar con el relato comenzado por @manodemithril. En esta ocasión va de ojos, ciegos y colores. ¿Qué puede salir mal? 😂




—… en que lo hacen sus lazarillos. Ellos son el futuro, pero en nuestro mundo son casi ciegos.


Sintió un escalofrío y se volvió hacia la voz mientras preguntaba:


—¿Quiénes son ellos?


Frente a él vio dos siluetas. La que había hablado era oscura y gris, como las que había visto por la ventana, pero la que se encontraba a su lado… Múltiples líneas iridiscentes convergían en él, incluidas la que surgía de su compañero y de él mismo, dándole la apariencia de un ser de colores cambiantes. La silueta dejó algo metálico sobre una mesa y después se acercó a él y entonces sintió una repulsa instintiva ante su cercanía.


—Nosotros somos los que os sustituiremos muy pronto —dijo con una voz tan fría como el hielo—. Y tú serás nuestros ojos. Buscarás a aquellos que no están unidos a nuestra malla, los que no podemos tomar como huéspedes, para que podamos eliminarlos antes de que supongan una amenaza. Y nos señalarás a los que están maduros para recibirnos.


Negó con la cabeza, horrorizado, mientras aquellos colores imposibles le taladraban el cerebro.


—¿Queréis que traicione a los míos y os ayude a conquistarnos?


—Haremos de este mundo algo mejor, algo que nos conecte a todos como siempre habéis deseado.


Frel se lanzó hacia delante con un grito. No lo permitiría. No quería ver a aquellas copias de humanos. Su fino oído había captado el ruido que había hecho el escalpelo al ser depositado en la mesa. Corrió hacia él y se lo hundió en el ojo izquierdo. Antes de que pudiera destrozarse el derecho, la silueta iridiscente se lo arrebató y lo derribó. Y la risa, una risa inhumana y desprovista de colores o calidez, le arrebató las fuerzas que le quedaban.


—Un tuerto nos sirve igual de bien. Alégrate, Odín lo era y se le consideraba el padre de los dioses nórdicos. Tú serás el padre de nuestra llegada.



¡Que los Tres iluminen vuestro camino!

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