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Reflexiones, locuras y fantasías de un escritor. Pensamiento, memoria y quizás también algo de sabiduría.

  • Por Rubén H. Ernand

CEADHROICH

“Podrán torturar mi cuerpo, romper mis huesos e incluso matarme.

Así, obtendrán mi cadaver. No mi obediencia.”

Gandhi, La película

1.

Se levantó tambaleándose en la arena mojada. Escupiendo agua y sal. Sin saber si el aire que intentaba desesperadamente inspirar llegaría a sus pulmones. Se dobló sobre sí mismo para vomitar, pero apenas consiguió expulsar otra cosa que un hilo de saliva mezclada con agua marina. Permaneció así un buen rato, esperando a que la debilidad pasara y maldiciendo a los Tres, al Supremo, a U´nigh y a cualquiera de los demás dioses de los que alguna vez había oído hablar. Odiando con cada fibra de su ser al mar, las tormentas y sobre todo a los malditos barcos.

Empezaron a sobrevenirle escalofríos. El sol seguía oculto tras una capa de nubes de color gris pizarra sobre unas escarpadas colinas hacia el oeste y él estaba empapado de la cabeza a los pies. Se volvió hacia el océano, que seguía agitado y enfurecido. Mar adentro caía una cortina de agua, descargada desde un cielo prácticamente negro.

―De todos los lugares del mundo, he tenido que naufragar frente a estas costas ―murmuró el hombre entre dientes―. Cualquiera diría que los dioses quieren joderme hasta que al fin crea en ellos.

Empezó a caminar playa arriba, donde se veían más restos del Gloria de Esachal, la galera que hasta hacía apenas una hora lo llevaba en dirección a Eltar. Habían estado siguiendo la línea de la costa y luego las islas Filoriente. El cielo había sido, como durante estos últimos días, un prístino lienzo azul con un disco de oro que se movía a través de él. Sin embargo, los plácidos y soleados días de principio de verano podían ser traicioneros. La tormenta se formó con una rapidez pasmosa y los encontró atravesando las últimas islas Filoriente. La inexperiencia y la borrachera del capitán hicieron el resto. Insistió en seguir navegando entre las escarpadas islas y traicioneros bajíos, creyendo que llegarían a la costa que se divisaba al norte antes de que la tormenta estallara con toda su furia.

Se equivocó.

El superviviente fue esquivando, con pasos que cada vez se volvían más firmes, todo lo que el mar iba escupiendo con descorazonadora indiferencia. Vio barriles, un trozo de la quilla, algunas de las sedas varagi que la tripulación había soñado con vender a buen precio, fardos de lona que envolvían otras mercaderías y cadáveres. Este era el segundo naufragio que veía en su vida, el primero había sido durante la guerra en Tarkesia, pero no se le olvidaban aquellos cadáveres abotargados e hinchados sobre la arena. Claro que este naufragio era tan reciente, que los cadáveres aún tenían una inquietante apariencia de vida. Vio al contramaestre, un huraño hombre de Amiarel, tendido boca abajo en la arena. Más allá las olas golpeaban rítmicamente los pies de Turol, el enorme marino que se jactaba de tener sangre fynnaria corriendo por sus venas. Al ver la gran brecha que le hendía la cabeza, el superviviente pensó vagamente que su sangre le parecía tan roja y común como la de cualquiera.

El sol volvió a salir por entre las nubes mientras un trueno lejano retumbaba sobre el océano. El hombre sonrió con amargura mientras observaba el pesado anillo de oro que descansaba en el dedo corazón de su mano derecha. La esmeralda engastada en el metal, cortada en forma de óvalo, le pareció un ojo burlón que le devolvía la mirada.

―Las hijas de Moradh son como las tormentas de verano ―canturreó con los verdes ojos perdidos en ensoñaciones―. Su furia aparece sin heraldos que la anuncien y antes de que te des cuenta te han hundido.

Calló cuando le pareció ver movimiento más adelante. Se acercó para descubrir el cuerpo de Ordeth boca abajo en la arena, medio cubierto por un montón de algas. El muchacho, de unos veinte años no se movía. Cuando se detuvo a su lado una gaviota salió volando tras las algas, con un chillido que sonó tan humano que le puso la piel de gallina. El superviviente suspiró. Ordeth era el heredero de la casa Rivatar. Su padre, el hombre que durante este tiempo lo había acogido y empleado, se llevaría un duro golpe al enterarse de su muerte. A pesar de sus errores, el chico no se merecía acabar así ni que las aves y los cangrejos acabasen con sus restos. Se merecía un entierro digno.

Sin embargo, él no se lo daría.

Reanudó su camino siguiendo la playa. Sabía muy bien que cuanto más tiempo estuviera aquí, más peligro corría.

―Va… elmir.

Se volvió, sólo para ver a Ordeth extender débilmente un brazo en su dirección. Corrió junto a él y le dio la vuelta. Sus ojos brillaban y tenía la tez pálida.

―Eres un cabrón afortunado, muchacho. Vas a salir de esta.

―Me duele… el pecho.

―¿Puedes caminar?

El joven intentó hablar, pero acabó por negar con la cabeza. Vaelmir analizó las opciones de las que disponía. Cargar con el muchacho sería un suplicio y necesitaría encontrarle ayuda, si es que quería darle una oportunidad de sobrevivir. Eso reduciría muchísimo sus propias posibilidades de salir con vida de estas tierras.

―Te conozco ―dijo el muchacho con resignación tras toser dolorosamente durante unos segundos―. Sé dónde… estamos. Lo que te harán si te cogen. Vas a abandonarme, ¿verdad?

―No me conoces una mierda ―le aseguró mientras empezaba a incorporarlo―. Te llevare a algún poblado y me iré antes de que alguien me reconozca. Seguro que, si pronuncias tu apellido, todos se dejarán el culo para lograr que sobrevivas y que tu padre se lo pueda agradecer personalmente. Al fin y al cabo, aquí en el Dominio de Moradh les gusta tanto el brillo del oro como a la gente de tus islas.

El chico solo emitió un extraño sonido como respuesta. No fue hasta que se lo hubo cargado a la espalda y empezado a caminar que pudo identificarlo: sollozaba con alivio y alegría.

Cargar con el muchacho por la playa fue un suplicio. El joven era más alto y corpulento que él, a pesar de que Vaelmir era más de diez años mayor que él. Eso no era sorprendente. Vaelmir era bajo entre su gente, los norvadoreanos, y no especialmente corpulento. A pesar de todo era duro como las rocas que se veían al final de la playa. Más duro de lo que nadie acertaba a imaginar, pero su desesperada lucha contra el mar para seguir respirando lo había dejado agotado. Se adentró en la arena, dirigiéndose a las colinas. La brisa traía consigo un olor tenue, pero inconfundible: el de alguna letrina. Y donde había desechos había humanidad cerca.

―El mástil… vi cómo te cayó encima cuando se partió ―murmuró Ordeth a su espalda con voz pastosa.

―¿De veras? No me di cuenta. Debía de ser un mástil muy pequeño.

―Vi una luz verde que te envolvía. Mi padre… dice que estás protegido. Que los sherim te cuidan, porque si no ya deberías estar muerto.

Vaelmir rio, aún a su pesar. Era la tontería más grande que había oído sobre sí mismo, y había oído muchas. Los eltarios eran un pueblo pragmático como ninguno, pero su fanática devoción por los sherim y los mensajeros de los dioses era tan ridícula como la de cualquier ignorante campesino de Norvador.

―Claro, chico. ¿No es evidente que me están protegiendo? Algún sherim imbécil, sádico y ciego se ocupa de mí.

―Estás vivo, ¿no?

―Así es ―suspiró Vaelmir, sin ninguna alegría en la voz.

―La he jodido, ¿verdad? ―sollozó el chico.

―Ordeth… sí, lo has hecho. Debiste haceme caso cuando te dije que nos guareciéramos de la tormenta lejos de las Filoriente.

―Shezarel me guarde… Mabbin, Turol, Agar el Bronco… Todos muertos.

El chico siguió sollozando y Vaelmir guardó silencio mientras avanzaba tambaleándose bajo el peso del muchacho. Aunque no quiso ofrecerle palabras de ánimo, comprendía muy bien por lo que estaba pasando. Él también la había jodido y muchos habían muerto por su culpa, tiempo atrás. Tantos que en comparación los treinta y ocho que iban a bordo del Gloria de Esachal eran como una gota de agua en el vasto océano.

Siguió caminando, quitándose esos pensamientos de la cabeza. Ahorrando energías. Sólo debía concentrarse, como siempre, en sobrevivir. Había perdido una de las botas durante el naufragio y lo acusó ahora, cuando empezó a andar por terreno más duro e inclinado. Se le clavaron guijarros y plantas espinosas en el pie y al poco tiempo ya sangraba por algún corte que ni siquiera había notado. En un momento dado hubo de detenerse y depositar al chico sobre una roca. Se sentía agotado y, a medida que la tarde avanzaba, tenía más frío. Durante ese breve descanso Ordeth parecía dormitar. Al tantearlo, buscando heridas, el chico gimió de dolor. Debía de tener algunas costillas rotas y quien sabía qué más. Lo cierto es que tenía fiebre y su palidez se acentuaba. Tras cinco minutos de descanso, Vaelmir volvió a cargarlo.

Cuando vio el santuario, ya anochecía. Era el típico edificio con planta en forma de «T», como todos los templos de la iglesia de los Tres. Sin embargo, este estaba hecho de adobe y el tejado no era más que vigas de madera y paja. Era un templo modesto en una zona pobre de un país que nunca había favorecido a la Iglesia. Vaelmir sabía que, si había un santuario, eso quería decir que cerca había un poblado. A diferencia de los reinos norteños, en Moradhair no se permitía la construcción de templos dentro de las zonas habitadas, sino en las cercanías. Los clanes seguían desconfiando de la Iglesia y se resistían a abandonar sus viejos cultos. Eso, en estos momentos, le venía muy bien.

―Estás de suerte, chico.

El enfermo gimió por toda respuesta. Vaelmir se apresuró a recorrer la distancia hasta el santuario. Cuando llegó junto al templo, no vio ni una señal de vida en el lugar, pero entonces se percató de que en la parte trasera había un par de casuchas de las que salía humo. Se acercó hasta una distancia prudencial y dejó a Ordeth en el suelo, con la espalda apoyada en la pared del santuario.

―Es todo lo que puedo hacer por ti ―le dijo, aunque dudaba que el joven estuviese entendiendo lo que le decía―. Me alejaré un poco y llamaré su atención para que te vean. Si sobrevivimos…, nos veremos en Caleysar, tomando uno de los vinos de tu padre.

Le palmeó el hombro, indeciso, y se marchó, caminando otra vez hacia las colinas.

―¡Alto! ¿Quién va? ―preguntó una voz a su espalda.

Cuando se giró vio a un sacerdote, de pelo rasurado y túnica blanca, mirándolo alternativamente a él y a Ordeth. Vaelmir maldijo en voz baja y se acercó.

―Sacerdote, buscaba vuestra ayuda para mi capitán ―dijo señalando hacia Ordeth―. Naufragamos en las costas al sureste de aquí.

―¡Por la gracia de Shezarel! ¿Un naufragio? Debemos avisar al pueblo y a los hombres de…

―Es inútil ―negó Vaelmir con fingido pesar―. Él y yo somos los únicos supervivientes. El navío quedó embarrancado en las Filoriente, así que no habrá llegado nada de valor a la costa. Tuve que nadar cargándolo a él desde esas islas malditas.

―¡Gracias al buen Aramtael! Entonces estarás agotado. Tienes razón, eso puede esperar. Lo importante es cobijaros y que os repongáis. Llamaré a los demás.

Los demás resultaron ser dos jovencísimos novicios y un sirviente corto de entendederas que se ocupaba de las tareas más físicas y de los huertos que mantenían colina abajo. Entre todos trasladaron a Ordeth a una de las casuchas, junto a Vaelmir. Los atendieron, los secaron encendiendo el fuego del hogar y los alimentaron. A Ordeth le aplicaron paños húmedos y las oraciones del sacerdote, pidiendo por su recuperación. Vaelmir lo observaba, escondiendo el desdén que sentía. Nunca había visto que nadie sanara gracias a oraciones y rezos, pero no sería educado decirlo en la casa de su anfitrión. Dispusieron mantas y pieles en el suelo de una de las casas y a Ordeth lo dejaron descansar en el lecho del sacerdote. El religioso decidió dormir a los pies de la cama para velar por él. Vaelmir se tumbó cerca, frente a la puerta. Necesitaba recuperar sus fuerzas y saber que Ordeth se recuperaría, pero no pensaba quedarse para cuando el sacerdote decidiera que era hora de avisar al poblado de su presencia aquí.<