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Reflexiones, locuras y fantasías de un escritor. Pensamiento, memoria y quizás también algo de sabiduría.

  • Rubén H. Ernand

MICRORRELATO: ECLOSIÓN


En la antigüedad, muchos pensaban que tener cuatro brazos sería una bendición, pero desde la aparición del VÑH-37, a veces es mejor tener solo uno.

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Sara era una de ellas, más brazos que dedos, otra mutante en un mundo de sangre y fuego ¿Por qué los hombres eran los únicos animales cuyas mutaciones suponían una involución?

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Sin embargo, ella tenía un sueño, el señor del huevo frito. Decían que hacía milagros. Nadie sabía si era un genetista o un farsante, pero era la única esperanza del mundo.

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Muerte a muerte, Sara se había abierto paso hasta encontrar a aquel que podría arreglarla, con sus brazos dismórficos había quitado más vidas una bomba termotopificadora. Pero lo había conseguido, había llegado.

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Se quedó mirando a los pollos que colgaban boca abajo en el caserón, sus ojos revelaban una inteligencia mayor que la de la mujer; los ignoró.

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En la puerta había un grafiti de un huevo, de la yema salían unas cadenas de ADN. Sara llamó con uno de sus muñones, la puerta se abrió sola al primer golpe.


¡Bienhallados, peregrinos!


Hoy el reto para #mireinoporunapluma lanzado por @manodemithril (relato de arriba) va de mutantes, pollos y huevos. Muy sugerente, ¿verdad? 🤣



La recibió un hombre bajo, vestido con ropas antiguas y estrafalarias. Tenía unas gafas de cristales gruesos apoyadas en la punta de la nariz. Unas plumas amarillentas permanecían mezcladas en su sucio cabello. El hombre, más un mendigo que un científico, y Sara se miraron de hito en hito.


—¿Te gustan con la yema cruda o con los rebordes tostados? —preguntó él con una voz intensa.


—Creo que me he equivocado de lugar —respondió Sara rascándose la cabeza con varios de sus brazos.


El hombre miró sus extremidades y sonrió.


—De eso nada. Te ayudaré.


Aquella casa ocultaba un laboratorio genético de nivel A+++ en su interior. Unos hombres y mujeres, con patas de pollo, alas y plumas, hacían las veces de ayudantes del Señor del Huevo Frito. Sara los miró, inquieta, y cuando preguntó por ellos el científico dijo que había que romper algunos huevos para hacer una tortilla. Después le señaló la cámara de recombinación genético-holística. Estaba en una habitación llena de espejos y tenía forma de huevo gigante.


—¿Perderé las mutaciones? —preguntó Sara gesticulando con sus atrofiados brazos—. ¿Podré dejar de odiar lo que soy?


—¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? —respondió encogiéndose de hombros.


Entró en la cámara, que se cerró herméticamente y se llenó de un líquido denso. Sintió que nadaba en una sopa primigenia, en el vientre de su madre. Un dolor agudo la atenazó y después el huevo desaguó y se abrió con un chasquido. Sara levantó una mano para protegerse de la luz externa y dirigió los ojos hacia los espejos, temerosa y esperanzada de lo que podía llegar a ver.



¡Que los Tres iluminen vuestro camino!